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Opinión

Cambiar, cambiar y volver a cambiar: ¿hasta cuándo?

E
El Negro González
17 ago 20266 min de lectura
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Los cambios de pareja se han convertido en una constante dentro del pádel profesional. Ya no sorprenden. Da igual el ranking, los resultados, la historia construida o el tiempo que lleven juntos. Lo que antes era una noticia capaz de sacudir al circuito, hoy forma parte de una normalidad que empieza, al menos para mí, a resultar preocupante.

Cambiar, cambiar y volver a cambiar: ¿hasta cuándo?

Los cambios de pareja en el pádel están a la orden del día. Tanto en hombres como en mujeres. No importa el ranking. No importa la marca que hayan conseguido crear como pareja. No importa si comenzaron su proyecto hace años, hace unos meses o apenas unas semanas.

Nada parece importar demasiado cuando aparece la posibilidad de cambiar.

Y si tuviéramos que buscar algún “culpable” máximo de esta situación —entiéndase la palabra entre muchas comillas— probablemente deberíamos señalar a quienes están arriba.

En el masculino, Arturo Coello y Agustín Tapia, actuales números uno, y Ale Galán y Fede Chingotto, inmediatamente detrás de ellos.

¿Por qué los considero, en parte, “culpables”?

Porque cuando dos parejas consiguen establecer una diferencia importante con el resto, todos los que están detrás empiezan a buscar la fórmula para acercarse a ellos. Y cuando esa fórmula no aparece rápidamente dentro de la pista, muchas veces comienza a buscarse fuera de ella. Cambiando. En el femenino ocurre algo parecido. Gemma Triay y Delfi Brea ocupan actualmente juntas el número uno del ranking mundial.

Pero tampoco deberíamos pensar que este fenómeno nació ahora.

Si analizamos algunas parejas importantes del pasado, comprobaremos que ni los resultados ni siquiera estar a un puñado de puntos de alcanzar el número uno evitaron determinadas separaciones. Sanyo Gutiérrez y Paquito Navarro. Paquito Navarro y Juan Lebrón. Ale Galán y Juan Lebrón. Grandes parejas. Grandes resultados. Grandes marcas deportivas construidas alrededor de ellas. Y también rupturas.

Cuando una separación hacía ruido

Atrás quedó aquel cambio que todavía resuena en los oídos de muchos amantes de este deporte. En 2014, Fernando Belasteguín anunciaba que ponía fin a su unión con Juan Martín Díaz.No era una pareja más.

Eran Juan y Bela.

Habían dominado el pádel mundial durante 13 temporadas consecutivas, desde 2002 hasta 2014, construyendo una de las sociedades más extraordinarias de la historia de este deporte. La propia Federación Internacional de Pádel recuerda que permanecieron como números uno durante esas 13 temporadas consecutivas. La noticia fue un auténtico terremoto. Pero el estruendo todavía sería mayor cuando terminó produciéndose una especie de cambio de cromos entre las dos mejores parejas de aquel momento. Bela comenzó una nueva etapa junto a Pablo Lima, mientras Juan Martín Díaz inició la siguiente temporada acompañado por Juani Mieres. Lima y Mieres eran Los Príncipes, la pareja que durante años había perseguido el reinado de Juan y Bela y que había conseguido establecerse como su principal alternativa.

Aquello fue noticia.

Se habló durante meses. Se analizó. Se discutió. Se intentaron entender los motivos.

Porque una gran pareja tenía una identidad.

Hoy no estoy seguro de que ocurra lo mismo.

Del impacto a la costumbre

No es que los cambios actuales no merezcan análisis. El problema es otro.

De tanto ver lo mismo cada año, cada mes y prácticamente cada semana, empieza a aburrir.

Una pareja anuncia un proyecto. Fotografía juntos. Entrenador. Objetivos.

“Comenzamos una nueva etapa”.

“Con mucha ilusión”.

“Vamos con todo”.

Y nosotros, desde fuera, casi comenzamos a preguntarnos cuánto durarán antes incluso de verlos competir. Esa es la parte que creo que debería preocuparnos. Porque cuando algo extraordinario se vuelve cotidiano pierde valor. Y aquí aparece una pregunta que considero mucho más importante que saber quién jugará con quién el próximo torneo:

¿Puede este cambio constante de parejas terminar afectando directamente al producto Premier Padel y, por extensión, al pádel profesional?

Hay multitud de opiniones. Quizás deberíamos comenzar poniendo en valor precisamente la de los protagonistas. Jugadores y jugadoras con los que he tenido la oportunidad de hablar sobre este tema sostienen mayoritariamente que los cambios generan expectación. Consideran que no perjudican la imagen del deporte y que, por el contrario, producen conversación, noticias, interacción y nuevos enfrentamientos. Y puedo entenderlo.

Pero yo me pregunto:

¿Seguro?

¿Las marcas piensan exactamente lo mismo?

¿Los entrenadores?

¿Los aficionados?

¿Los clubes?

¿El propio circuito?

¿Los medios?

¿Todos?

Creo que no. Y de ahí nace el debate.

¿Con quién se identifica el aficionado?

Hay una cuestión que para mí no es menor. El deporte necesita identificación. El aficionado al fútbol se identifica con un club. En el tenis, normalmente sigue a un jugador. En otros deportes existen franquicias, selecciones o estructuras que perduran en el tiempo.

Pero el pádel profesional tiene una particularidad:

se compite por parejas.

Y durante muchos años buena parte de la identificación del público se produjo precisamente alrededor de esos binomios.

Los reyes Juan y Bela. Lasaigues Gattiker. Los príncipes Lima Mieres. Sanyo y Maxi. Galán y Lebrón. Ari y Paula. Coello y Tapia. Chingotto y Galán. Las Gemelas Atómicas. Carol y Ceci. Los míticos Reca Nerone. No son solamente dos apellidos colocados juntos en un cuadro.

Cuando una pareja funciona y permanece en el tiempo, se convierte en una marca deportiva.

Tiene seguidores.

Tiene detractores.

Genera rivalidades.

Construye historias.

Y esas historias son las que después venden entradas, generan audiencias y hacen que alguien espere durante semanas un determinado enfrentamiento.

Si modificamos constantemente a los protagonistas, corremos el riesgo de que el aficionado deje de seguir parejas y se limite únicamente a seguir jugadores.

Y entonces el concepto de pareja, que es precisamente una de las particularidades del pádel, comienza a perder valor.

¿Hay que regular los cambios?

Aquí llega mi opinión personal. Y la digo sabiendo que más de uno y más de una me odiará después de leerla.

Creo que los cambios de pareja deberían comenzar a estar, de alguna manera, regulados por los estamentos correspondientes.

Regular no significa prohibir. Tampoco obligar a dos jugadores a permanecer juntos si no quieren hacerlo. Eso sería absurdo. Pero quizás haya llegado el momento de debatir mecanismos que aporten cierta estabilidad al circuito. Ventanas determinadas para realizar cambios. Fechas de inscripción que protejan proyectos durante determinados periodos. Algún sistema que evite que el ranking provoque permanentemente movimientos estratégicos. No tengo la fórmula perfecta. Y posiblemente quienes gestionan el deporte puedan encontrar otras mucho mejores.

Pero creo que el debate merece existir.

Porque una cosa es generar expectación y otra muy diferente necesitar una ruptura cada pocas semanas para conseguirla. Si para mantener el interés del público necesitamos permanentemente una nueva pareja, quizás el problema no esté solamente en las parejas.

El resultado manda, pero no debería mandarlo todo

Entiendo perfectamente al deportista profesional. Su carrera es corta. Vive de sus resultados. Tiene patrocinadores. Tiene objetivos. Tiene un ranking. Y posiblemente no pueda darse el lujo de esperar durante dos temporadas a que algo funcione. Pero también creo que estamos entrando en una dinámica en la que cada vez se concede menos tiempo para construir.

Perder tres torneos no significa necesariamente que un proyecto haya fracasado. No alcanzar una semifinal tampoco. Hay parejas que necesitan meses para encontrar automatismos, entenderse, sufrir juntas y descubrir cómo responder cuando las cosas van mal. Precisamente ahí se construyen los grandes equipos. Los cambios generan noticias. Las nuevas parejas generan curiosidad. Los primeros torneos juntos generan audiencia. Todo eso es verdad.

Pero la continuidad genera algo muchísimo más difícil de conseguir:

historia.

Y el deporte necesita historias.

Necesita rivalidades.

Necesita proyectos que duren lo suficiente como para que queramos verlos ganar y también perder.

Por eso, quizás el problema de los cambios actuales no sea que existan.

El problema es que han dejado de sorprendernos.

Y cuando una ruptura entre dos grandes jugadores pasa de ser un terremoto a convertirse simplemente en otra publicación de Instagram, posiblemente haya llegado el momento de preguntarnos si realmente esta tendencia beneficia tanto al pádel como algunos creen.

Aunque claro...

Con el lío que llevan encima quienes tienen que gestionar este deporte, y con tantas otras cuestiones que realmente no admiten demasiada discusión sobre el daño que pueden hacerle al pádel, casi que mejor nos quedamos con lo que tenemos.

O quizás no.

Porque si seguimos cambiando, cambiando y volviendo a cambiar, llegará un momento en el que no habrá parejas que romper porque nunca les habremos dado tiempo suficiente para convertirse realmente en una pareja.

El Negro Gonzalez

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